lunes, 22 de diciembre de 2014

Estaba tan lejos, tan en lo alto. Era inalcanzable y su imagen cegaba mi vista. Cuando lo vi, lo reconocí de inmediato. Me senté como si no supiese nada y fingí que no lo había visto. Mi mirada estaba fijada al frente pero mi mente no dejaba de pensar en lo que pasaba a mi lado. No había pasado nada aún, pero ahí estaba, inmóvil, enredando nerviosamente sus dedos entre los cables.
Me atreví a mirarlo. Su cara estaba hecha de la más fina porcelana, sus ojos de los más bellos cristales y sus manos, eran un regalo del cielo. Me sonrojé. El solo hecho de ser capaz de verlo me invadió de vergüenza de inmediato. Lo observaba fijamente. En mi interior deseaba poder acercarme y charlar un tanto con él, poder tocar esas manos tan preciadas y suaves. Volteó, en cuestión de segundos volteó. Sus ojos tan brillantes y profundos me vieron fijamente, y claro que era a mí, esa mirada era inconfundible, esos ojos de cachorro contento, esa mirada que me estaba otorgando solamente a mí, claramente la estaba recibiendo yo. No supe que hacer y aparté con furia mi mirada, arrancándola de golpe por la timidez. Con nervios la regresé. Seguía viendo, y claramente me seguía viendo a mí. Sonrió, y cuando lo hizo, mi mundo renació. Esa típica sonrisa torcida que te hace el de la tienda para que le compres algo más o para que vuelvas a visitarla, esa típica sonrisa torcida que te hacen en el metro o esa típica sonrisa que hace el profesor cuando está a punto de regañarte; pero esa típica sonrisa torcida la estaba haciendo él y la estaba haciendo para mí. No pude evitar apartarla de nuevo, mi corazón latía con fuerza como si fuese a salir y mi risa fue inevitable que saliera. Su sonrisa me había sanado completamente.
Cuando todo mundo quedó en silencio, le pidieron que acompañara el vacío del salón con un poco de música, y ahí fue cuando todo comenzó… Sus manos se prepararon, y en un segundo se encontraba tocando a Beethoven, sus manos presionaban cada tecla del piano con un sentimiento diferente… Temor, dolor, alegría, tristeza… Lo estaba dejando todo impregnado en cada tecla que tocaba. Sus ojos estaban viendo fijamente las partituras, pero sus manos ya conocían bien esa canción, tocaban sin detenerse como si el mundo fuese de ellas en ese momento. Fue cuando dejo de ser tan inalcanzable y se convirtió en lo intocable… Se convirtió en mi ángel… El ángel que había sido enviado a salvarme.
Cuando el momento de silencio terminó, una lágrima escapó de mí, sabía que en el momento que me levantase no sabría cuando lo volvería a ver, no sabía cuando volvería a sanar mi confusión. Me fui sin dejar de pensar en él, sin dejar de pensar en que lo volví a encontrar, en que había sido capaz de volverlo a conocer. Mi mundo había cambiado y había comenzado a preocuparme cada vez más el hecho de que podría volverlo a ver. Comencé a preocuparme más por como me veía, como me vestía, que perfume utilizaba o que collares me adornaban. Lo superficial me consumió con la esperanza de volver a encontrarlo. Pero no fue así. Mientras más me preocupaba, menos lo veía, menos habían pistas, menos reaparecía. 


Me desperté desesperada, ya era tarde y no había tiempo de arreglarme. Tomé una ducha y me puse lo primero que encontré en mi closet, hacía frío así que tomé una camisa manga larga hasta el codo y un jeans un poco flojo, acompañándolo con unos zapatos viejos del color de mi camiseta. Corrí sin darme cuenta que no me había cepillado el cabello. Llegué a tiempo, me senté y respiré. Cuando levanté mi vista, lo vi. Estaba ahí. Conectando cables y probando micrófonos, con una camiseta roja que marcaba sus músculos y unas bermudas que dejaban ver sus delicadas piernas. No supe que hacer, todo el esfuerzo que había hecho, había sido desperdiciado. Moría de vergüenza y aunque fingía no darle importancia, no dejaba de preocuparme. Amarré mi cabello con una coleta y trate que mi flequillo no fuese a explotar en el acto. Mis manos sudaban y mis piernas temblaban, estaba dejando que mi ángel viese una imagen terrible de mí. Evité verlo en un largo tiempo, ignoré su presencia y miré al frente sin preocuparme en lo que pasaba a mi lado. Entonces voltee por curiosidad, por pánico, por miedo… Sus ojos estaban fijos en mi rostro, aparté la vista y me avergoncé. Levanté la mirada y ahí estaba, esa sonrisa de nuevo, esa maldita sonrisa angelical. Pero esta vez la estaba disfrutando directamente. No pude sonreír, ni apartar la mirada, solamente contemplarla y ser feliz con el hecho de ser capaz de verla. Aparté mi rostro luego de un rato y me maldecí por haberme preocupado más por como lucía que por el hecho de haber encontrado a mi ángel nuevamente. Lo quería, quería acercarme a él y agradecerle por hacerme comprender. Pero no podía.
Nuestra relación era muy diferente a como era antes. En ese momento eramos uno y otro, dos personas que se veían a lo lejos y que nunca se atreverían a dar el primer paso. En realidad, no es que hubiésemos tenido otra relación antes, en realidad, nunca lo había visto tan claramente. Sabía que estaba ahí, que lo había visto antes, pero era completamente diferente, ya no se trataba de la persona que estaba ahí, si no de la persona que renació de mis sueños, de mis pensamientos, de mi alma; la persona con la que nunca deje de vivir fuera de la realidad, aquella con la que nadaba en un mar de imaginación, que existía en mi corazón pero no en mi vida. Él, definitivamente se trataba de él. Pero al contrario de mis sueños, al contrario de mis historias de amor profundas con él, al contrario de nuestros abrazos y nuestras muestras de afecto; no era más que la persona inalcanzable con la que tanto soñé, no era más que la muestra en carne y hueso de la perfección que nunca será mía, no era más que una forma de demostrarme que se quedaría simplemente como la persona que me salvó. Y estaba bien de esa forma. Había sido capaz de hacerme olvidar tanto dolor, tanta decepción, tanto corazón roto, hacerme creer nuevamente en lo romántico y en los sueños, me había hecho saber lo que significaba amar y ser correspondido, saber lo que un abrazo significaba al saludarse, lo que unos buenos días podían hacer, todo… Pero en la realidad, nada. Seguía igual de lastimada, igual de mediocre, seguía queriendo huir y olvidar tan fácilmente, quería compartir mi dolor con alguien a tal punto de crear a esa persona que fuese capaz de cambiarme la vida. Y ahí estaba él, era esa persona y a la vez no lo era. Era un espejo de mi debilidad. Pero para mí, significaba mucho más que ello, mucho más que los confines de la tristeza. Significaba lo que más necesitaba, lo que más quería, lo que más deseaba, lo inalcanzable e intocable, lo perfecto y lo importante, era la definición de amor, no… Era mi ángel.

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