Estaba tan lejos, tan en lo
alto. Era inalcanzable y su imagen cegaba mi vista. Cuando lo vi, lo
reconocí de inmediato. Me senté como si no supiese nada y fingí que no
lo había visto. Mi mirada estaba fijada al frente pero mi mente no
dejaba de pensar en lo que pasaba a mi lado. No había pasado nada aún,
pero ahí estaba, inmóvil, enredando nerviosamente sus dedos entre los
cables.
Me atreví a mirarlo. Su cara estaba hecha de la más fina
porcelana, sus ojos de los más bellos cristales y sus manos, eran un
regalo del cielo. Me sonrojé. El solo hecho de ser capaz de verlo me
invadió de vergüenza de inmediato. Lo observaba fijamente. En mi
interior deseaba poder acercarme y charlar un tanto con él, poder tocar
esas manos tan preciadas y suaves. Volteó, en cuestión de segundos
volteó. Sus ojos tan brillantes y profundos me vieron fijamente, y claro
que era a mí, esa mirada era inconfundible, esos ojos de cachorro
contento, esa mirada que me estaba otorgando solamente a mí, claramente
la estaba recibiendo yo. No supe que hacer y aparté con furia mi mirada,
arrancándola de golpe por la timidez. Con nervios la regresé. Seguía
viendo, y claramente me seguía viendo a mí. Sonrió, y cuando lo hizo, mi
mundo renació. Esa típica sonrisa torcida que te hace el de la tienda
para que le compres algo más o para que vuelvas a visitarla, esa típica
sonrisa torcida que te hacen en el metro o esa típica sonrisa que hace
el profesor cuando está a punto de regañarte; pero esa típica sonrisa
torcida la estaba haciendo él y la estaba haciendo para mí. No pude
evitar apartarla de nuevo, mi corazón latía con fuerza como si fuese a
salir y mi risa fue inevitable que saliera. Su sonrisa me había sanado
completamente.
Cuando todo mundo quedó en silencio, le pidieron que
acompañara el vacío del salón con un poco de música, y ahí fue cuando
todo comenzó… Sus manos se prepararon, y en un segundo se encontraba
tocando a Beethoven, sus manos presionaban cada tecla del piano con un
sentimiento diferente… Temor, dolor, alegría, tristeza… Lo estaba
dejando todo impregnado en cada tecla que tocaba. Sus ojos estaban
viendo fijamente las partituras, pero sus manos ya conocían bien esa
canción, tocaban sin detenerse como si el mundo fuese de ellas en ese
momento. Fue cuando dejo de ser tan inalcanzable y se convirtió en lo
intocable… Se convirtió en mi ángel… El ángel que había sido enviado a
salvarme.
Cuando el momento de silencio terminó, una lágrima escapó
de mí, sabía que en el momento que me levantase no sabría cuando lo
volvería a ver, no sabía cuando volvería a sanar mi confusión. Me fui
sin dejar de pensar en él, sin dejar de pensar en que lo volví a
encontrar, en que había sido capaz de volverlo a conocer. Mi mundo había
cambiado y había comenzado a preocuparme cada vez más el hecho de que
podría volverlo a ver. Comencé a preocuparme más por como me veía, como
me vestía, que perfume utilizaba o que collares me adornaban. Lo
superficial me consumió con la esperanza de volver a encontrarlo. Pero
no fue así. Mientras más me preocupaba, menos lo veía, menos habían
pistas, menos reaparecía.
…
Me desperté desesperada, ya era tarde y no había tiempo de
arreglarme. Tomé una ducha y me puse lo primero que encontré en mi
closet, hacía frío así que tomé una camisa manga larga hasta el codo y
un jeans un poco flojo, acompañándolo con unos zapatos viejos del color
de mi camiseta. Corrí sin darme cuenta que no me había cepillado el
cabello. Llegué a tiempo, me senté y respiré. Cuando levanté mi vista,
lo vi. Estaba ahí. Conectando cables y probando micrófonos, con una
camiseta roja que marcaba sus músculos y unas bermudas que dejaban ver
sus delicadas piernas. No supe que hacer, todo el esfuerzo que había
hecho, había sido desperdiciado. Moría de vergüenza y aunque fingía no
darle importancia, no dejaba de preocuparme. Amarré mi cabello con una
coleta y trate que mi flequillo no fuese a explotar en el acto. Mis
manos sudaban y mis piernas temblaban, estaba dejando que mi ángel viese
una imagen terrible de mí. Evité verlo en un largo tiempo, ignoré su
presencia y miré al frente sin preocuparme en lo que pasaba a mi lado.
Entonces voltee por curiosidad, por pánico, por miedo… Sus ojos estaban
fijos en mi rostro, aparté la vista y me avergoncé. Levanté la mirada y
ahí estaba, esa sonrisa de nuevo, esa maldita sonrisa angelical. Pero
esta vez la estaba disfrutando directamente. No pude sonreír, ni apartar
la mirada, solamente contemplarla y ser feliz con el hecho de ser capaz
de verla. Aparté mi rostro luego de un rato y me maldecí por haberme
preocupado más por como lucía que por el hecho de haber encontrado a mi
ángel nuevamente. Lo quería, quería acercarme a él y agradecerle por
hacerme comprender. Pero no podía.
Nuestra relación era muy diferente a como era antes. En ese momento
eramos uno y otro, dos personas que se veían a lo lejos y que nunca se
atreverían a dar el primer paso. En realidad, no es que hubiésemos
tenido otra relación antes, en realidad, nunca lo había visto tan
claramente. Sabía que estaba ahí, que lo había visto antes, pero era
completamente diferente, ya no se trataba de la persona que estaba ahí,
si no de la persona que renació de mis sueños, de mis pensamientos, de
mi alma; la persona con la que nunca deje de vivir fuera de la realidad,
aquella con la que nadaba en un mar de imaginación, que existía en mi
corazón pero no en mi vida. Él, definitivamente se trataba de él. Pero
al contrario de mis sueños, al contrario de mis historias de amor
profundas con él, al contrario de nuestros abrazos y nuestras muestras
de afecto; no era más que la persona inalcanzable con la que tanto soñé,
no era más que la muestra en carne y hueso de la perfección que nunca
será mía, no era más que una forma de demostrarme que se quedaría
simplemente como la persona que me salvó. Y estaba bien de esa forma.
Había sido capaz de hacerme olvidar tanto dolor, tanta decepción, tanto
corazón roto, hacerme creer nuevamente en lo romántico y en los sueños,
me había hecho saber lo que significaba amar y ser correspondido, saber
lo que un abrazo significaba al saludarse, lo que unos buenos días
podían hacer, todo… Pero en la realidad, nada. Seguía igual de
lastimada, igual de mediocre, seguía queriendo huir y olvidar tan
fácilmente, quería compartir mi dolor con alguien a tal punto de crear a
esa persona que fuese capaz de cambiarme la vida. Y ahí estaba él, era
esa persona y a la vez no lo era. Era un espejo de mi debilidad. Pero
para mí, significaba mucho más que ello, mucho más que los confines de
la tristeza. Significaba lo que más necesitaba, lo que más quería, lo
que más deseaba, lo inalcanzable e intocable, lo perfecto y lo
importante, era la definición de amor, no… Era mi ángel.